Un tango para después de mucho tiempo

En el paisaje sonoro del barrio era común, por la disposición de wurlitzers y Seeburgs en los bares de esquina, la orquesta de Francisco Canaro, con maderas y piano y violines y bandoneones, y bueno, en ocasiones uno escuchaba a los discutidores de café decir que era una cosa del otro mundo la tal orquesta del músico uruguayo, uno de los pioneros de la orquesta típica. A uno, en cambio, poco le importaban aquellas disquisiciones, ni menos aún las músicas que brotaban con majestad de aquellos aparatos que en las tardes y hasta media noche brillaban con luces fosforescentes en los que danzaban discos negros y uno que otro fantasma.

 

Después supe, cuando ya tenía años de patanerías y recorridos mundanos, que un tango que sonaba en aquellas pianolas y ponía a los concurrentes en silencio, como si se tratara de un ritual religioso, de una elevación sacrosanta que en vez de campanas tenía una invisible presencia de asuntos de trascendencia terrenal, era con la orquesta de Canaro (alias Pirincho) y la voz de otro uruguayo: Carlos Roldán, que también hacía parte de aquellas calles que eran pura melodía.

 

Poca atención le prestaba a lo que el cantor decía. Es que no era una manera musical de comunicarse con muchachos, no nos alentaba a vivir, ni a conquistar la naturaleza, el mundo, el cielo estrellado, sino, más bien, se trataba de una convocatoria a quedarse quietos, pensativos, como unos dolientes que no habían podido enterrar su muerto. Pero, eso sí, el que cantaba sí era ya un conocido en el entorno, como los que pasaban cada mañana ofreciendo periódicos, como el zapatero ambulante de la bicicleta, como los que vendían parva en canastas recubiertas por una tela limpia. Mas no nos importaba. Paisaje y nada más.

 

Sin embargo, no nos digamos mentiras, de tanta repetidera a tarde y noche en las pianolas de bella forma, máquinas que al principio tenían un encanto sin explicación para los que transcurríamos al frente de las cantinas y mirábamos desde las puertas el interior de un espacio que para los menores estaba proscrito, de tantas escuchaderas a uno se le iba pegando, así fuera sin conciencia, lo que decían los cantantes (¿de dónde serán?).

 

Y ni siquiera había la posibilidad de imaginar, ni por asomo a los más dotados para ese ejercicio, que años después esas músicas inevitables se meterían en lo más hondo, se instalarían en mente y corazón sin posibilidad de fuga. Y así pasó con Carlitos Roldán y aquel tango tremebundo y de corte existencialista: Mi reflexión. Al tipo, que era con Raúl Berón y Enrique Campos, de los más escuchados en barriadas como el Congolo y Prado, que eran las que caminábamos nocturnamente, se le invitaba a estar en los pianos con otro tango: Cristal, que, más que el reflexivo, se oía en la radio y hasta le gustaba a mamá, porque, según decía, cantaba un dolor con dulzura (“cristal tu corazón,  tu mirar, tu reír…”).

 

A un jovenzuelo nada le podría indicar ni alertar en lo más mínimo que un cantante dijera: “Pasó mi vida entre sonrisas y alegrías, / pasó mi vida en una eterna diversión”. Cómo iba a ser, si estábamos en las primeras de cambio, en los días sin dolores ni remordimientos. No había de qué arrepentirse, nada era pasado, ni futuro. El presente nos consumía sin darnos cuenta, y nosotros nos tragábamos el tiempo, cada día, como si no hubiera más. Sin saberlo, recogíamos la flor de cada jornada, como en un poema latino. La vida es ahora, a lo mejor algo así se pensaba, sin aires de importancia. Entonces no era pertinente para los mozalbetes aquello de “no encontré nunca la amargura en el camino / y con grave desatino brindé mi corazón”.

 

El tango de marras continuaba con la mención de los “compañeros de las noches de parranda” y cosas así. Nada nos hacía atenderlo (ni entenderlo), abrirle la puerta de la atención y los significados. Hay que decir que si entró en nosotros, fue por mecanismos que para entonces no comprendíamos. Ni idea. Por qué nos iba a conmocionar que un cantor dijera “ya están blanqueando mucho mis cabellos”, si lo único que se blanqueaba por aquellos contornos eran las paredes de algunas casas, con hisopo y la aspersión de una pintura barata que olía a humedad: la modesta cal.

 

A un jovenzuelo no le entraba aquella verdad inocultable (ni disimulada con maquillaje) de “ya tengo huellas hondas en mi frente”, si la nuestra era lisa, lozana, reciente. Que no nos adelanten la vejez, pudiera haber dicho uno, pero nada se dijo. Se ignoró la canción y eso fue todo… Dice uno. Porque de todas maneras llegó el después. Y el tiempo abrió otras sensibilidades, enterró días de “tierna juventud” y arrimó cuerpo y espíritu a madureces y pensamientos. El gotán advertía que era “muy tarde ya para reflexionar / no quiero, no quiero ni pensar”. La voz de Roldán dramatizaba. Enfatizaba ocultos dolores. Y la orquesta ayudaba a la puesta en escena de una situación de vacíos, de decaimientos ineluctables.


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