Edición Abril 2003
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Venezuela

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Política-Economía
Diario de un venezolano - 17/11/2002


Diario de un venezolano
Jueves, 11 de abril de 2002. Hoy me levanto un poco más tarde de lo usual, la razón es que la empresa en la que trabajo no abrirá las puertas, pues responde al llamado a paro que hizo Carlos Ortega (Confederación de Trabajadores de Venezuela) y Pedro Carmona Estanga (Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela).
Me lavo los dientes frente al espejo, mientras por mi mente pasa la idea de no ducharme antes de salir-como es lo usual- porque probablemente sudaré litros de agua y regresaré asqueroso a casa.
Anoche mi esposa me pidió que la despertara para acompañarme, así que eso es lo que voy a hacer, de todas maneras hoy no va a poder realizar ningún mandado y tampoco tiene que llevar ni recoger a los niños del colegio.
Mientras ella se termina de parar de la cama, yo levanto a mis dos hijos. En estos momentos todos se están vistiendo y yo he ido a encender la televisión del cuarto de estar, en todos los canales nacionales y en algunos por cable aparecen imágenes de la concentración de la marcha. Veo muchas caras conocidas, alegres todas.
Ya estamos listos, así que nos sentamos a desayunar acompañados con las imágenes que emana el televisor. Como de costumbre, los niños terminan primero su comida y comienzan a gritarnos que nos apuremos, que vamos a llegar tarde a la marcha (como si se tratara de una misa). Para hacer tiempo les digo que busquen la bandera de Venezuela que tenemos guardada desde hace algunos meses en el garaje, y casi instantáneamente uno de los niños se acuerda de la cacerola que compramos en la marcha anterior. Están emocionadísimos, la idea de no tener clases y salir a la calle a gritar los hace pensar que esto es un juego, una especie de carnaval; y a decir verdad, yo también lo creo.
Ahora sí nos vamos. No vale la pena ir en carro porque el lugar de la concentración está a pocos metros de la casa. Abro la puerta que da hacia la calle y ahí me encuentro con los vecinos de la cuadra esperándonos para irnos juntos.
La cantidad de gente es abrumadora, me dan escalofríos al pensar que alguno de mis hijos pudiera perderse entre la multitud, así que le digo a mi esposa que no los pierda de vista.
La gente está empezando a caminar; la autopista está cerrada para los carros así que tomamos esa vía para llegar a nuestro destino que es la sede de Petróleos de Venezuela (Pdvsa) en Chuao. Mientras marchamos vamos gritando consignas, tocando cacerolas, levantando carteles, agitando banderas. Los niños están entusiasmados y yo estoy disfrutando con ellos, esto es más grato que ir un domingo a comer helado.
El volumen de la gente ha aumentado enormemente, ya llegamos a Chuao pero pareciera no haber espacio para todo el mundo. Con el fin de evitar los empujones y los sofocones de calor, le comento a mi esposa que es mejor que nos quedemos de un lado. Ella también lo cree conveniente, así que buscamos una sombra y nos quedamos ahí un rato observando a las miles de personas que acudieron a la manifestación.
En las afueras de Pdvsa hay tarimas en las que hablan los máximos representantes de la oposición al gobierno, mientras que el resto de la gente grita consignas en su apoyo.
Empiezo a escuchar la palabra Miraflores, pero aún no descifro lo que la multitud expresa. Mi esposa me aclara que la gente pide llegar a Miraflores, al palacio de gobierno. Una angustia recorre mi cuerpo y automáticamente ordeno que nos vayamos a casa. Los niños comienzan a quejarse, me suplican que nos quedemos, que sigamos en la marcha. Sus ganas me ablandaron el corazón, y sus expresiones de alegría me hicieron cambiar de opinión.
El lugar en donde estamos nos permite unirnos con la multitud cuando ésta empiece a caminar. Es más, si empezamos a caminar ahora podremos ocupar una de las primeras hileras de la marcha. Lo hacemos, y al cabo de un rato levanto a mis dos varoncitos en mis hombros y les digo que volteen hacia atrás. La multitud se reflejaba en sus ojos y el asombro en sus caras. Están viviendo parte de la historia de su país, nunca lo olviden.
Seguimos caminando, agotados, sedientos, pero hay algo que nos da fuerzas, algo que no puedo explicar, simplemente nos impulsa a seguir caminando. En la autopista, a cada cierto espacio hay alguien vendiendo agua y comida. Me paro a comprar algo para mi familia y cuando volteo me encuentro con mi jefe. ¡Eso sí que es una sorpresa!
Después de tomar algo de agua, nos pusimos en pie. Todavía podemos decir con orgullo que estamos de primeros. Volvemos a mirar hacia atrás y se nos hace imposible divisar el final de la marcha. Faltan escasos metros para llegar a Miraflores.
La gente grita con más fuerza que antes, uno de mis hijos intenta decirme algo pero no logro escucharlo, me grita con fuerza que quiere regresar, que le duelen los ojos. Yo respondo que ahora no podemos.
Se me nubla la vista, no puedo respirar, son bombas lacrimógenas. Intento huir con mi familia y no puedo, estamos rodeados por la multitud. Una nube de humo nos envuelve, y mientras tanto el sonido de los disparos causa alarma en la gente. Recupero la visión, pero aún me cuesta respirar. Oigo gritos a mí alrededor, mis hijos lloran desesperadamente, la tensión y la angustia se sienten en el ambiente. Yo continúo buscando una salida pero no la hallo. Los disparos se oyen cada vez más cerca. Siento que algo cae en mis pies, cuando bajo la vista me encuentro con un hombre herido; trato de ayudarlo junto con mi esposa pero nada de lo que podamos hacer lo va a salvar. En segundos, el hombre deja de respirar.
Abordado por los nervios y con el razonamiento bloqueado, intento llevar a mi familia hacia un lugar que parece poder brindarnos protección. En el trayecto veo una bala acercándose, me quedo inmóvil, es a mi mujer a quien atraviesa, ahora es a ella a quien intento ayudar pero nada de lo que yo pueda hacer la va a salvar. En segundos, la alegría se convierte en tristeza y el entusiasmo en dolor. Todo se convirtió en nada
Caigo en llantos, miro a mí alrededor y no encuentro nada que pueda consolarme.
Durante el mes de abril-en la Ciudad de Caracas- murieron varias personas por razones políticas. Se destruyeron familias, matrimonios y amistades. Siete meses después no se ha hecho justicia por las muertes de aquellos hombres, lo que demuestra que la imparcialidad no existe en Venezuela.
Según el artículo 273 de la Constitución Bolivariana de Venezuela, el Poder Ciudadano debería ser independiente y autónomo. No obstante, tenemos a un Fiscal y a un Defensor del Pueblo apegados al Presidente de la República, absolutamente dependientes del gobierno.
El artículo 281 de la Constitución expresa que el Defensor del Pueblo debería “velar por el efectivo respeto y garantía de los derechos humanos”, así mismo “instar al Fiscal General de la República para que intente las acciones o recursos a que hubiere lugar contra los funcionarios públicos, responsables de la violación o menoscabo de los derechos humanos”.
Asesinar a una persona por expresar sus ideas en un país democrático, es atentar contra los derechos humanos. Pero a pesar de eso, los organismos todavía no han respondido como corresponde a las demandas pertinentes del 11 de abril.


Joyce Benzaquén
Sexto Semestre. Escuela de Comunicación Social, Facultad de Humanidades y Educación Universidad Católica Andrés Bello