Edición Enero 2004

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  Autor:  Mercedes Agustina Núñez Anterior     Trabajo Publicado      Siguiente
Argentina

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Política-Economía
"Qué país" - 25/09/2002


Una de las paradojas de la Argentina radica en el triunfo de la consigna del "no te metás" en un país que nació gracias al intervencionismo político. "Qué país" había perdido su dimensión de pregunta para reducirse a una mera exclamación de hastío.

Esto comenzó a cambiar a partir de los días 19 y 20 de diciembre últimos, cuando la "gente" volvió a hacerse cargo de la palabra "política" quitándosela legítimamente a los "profesionales" que la habían usurpado durante los últimos 18 años de democracia. Por eso Martín Caparrós piensa que puede retomar la expresión "qué país" para el título de su último libro: porque ahora podemos volver a elegir qué signos de puntuación deben acompañarla.

Qué país resulta, entonces, doblemente interesante: como gesto político del autor y como narración del regreso de la vocación de la sociedad por la participación en los asuntos públicos. A través de 376 páginas, Caparrós se da el gusto de mostrar en términos prácticos algo de esa gesta "revolucionaria" que había planteado de manera ficcional en La historia y, a través de los sueños de los militantes entrevistados junto a Eduardo Anguita, en La Voluntad. Así, se termina de enrolar en la gran tradición literaria argentina caracterizada por dejar huella política al plantear cuestionamientos sobre la elección de un proyecto de país.

Tal vez, la propia definición del libro como "informe urgente" conspire contra su vigencia histórica. Pero no cabe duda de que hoy por hoy, se trata de uno de los textos actuales más eficaces en términos de accionar político que se despliega tanto en la forma (una especie de trascripción de una asamblea imaginaria), como en el contenido (desplegando las voces ajenas al establishment).

Porque el gesto político de Caparrós también implica postularse como un "banquito" para que se suba un "otro" compuesto por 27 voces: políticos (E. Carrió, Luis Zamora), sociólogos (C. Ferrer, H. González), militantes y piqueteros (I. Heyn, L. D'Elia, A. Ardura), historiadores (T. Halperín Donghi), economistas (E. Calcagno, J. Nudler, C. Lozano), periodistas (J. Lanata, L. Bilbao, C. Gambetta), filósofos (T. Abrahm), humoristas gráficos (M. Rep), juristas (E. Zaffaroni), expertos en salud y educación (J. Escudero, G. Tiramonti), sindicalistas (V. De Gennaro) y asambleístas

- El fin de la idea de progreso: ¿adiós a la civilización?

Dentro del itinerario de tradición literaria con vocación política, el cruce entre Domingo F. Sarmiento y Martín Caparrós se hace evidente: Facundo al igual que Qué país son dos formas de tratar de entender a la Argentina. La diferencia está en que el maestro sanjuanino podía vislumbrar con claridad el proyecto de país, mientras que el periodista porteño asume que el problema de la Argentina radica en la falta de una idea nacional.

Para uno la cuestión es "ser o no ser salvaje", para el otro la situación podría resumirse en "ser o no ser un país". En el siglo XVIII la solución para los males nacionales resultaba evidente: era necesario eliminar a la barbarie que incluía, entre otros, a indígenas como los ranqueles con los que trataba Lucio V. Mansilla, el embajador de Sarmiento frente a las tribus pampeanas. Más de 150 años después, las fronteras no están tan claras después de haber descubierto que, en realidad, la barbarie estaba y está enquistada en la estructura misma del sistema. Sólo que, ahora, el modelo está tan perfeccionado que ya no necesita armas para eliminar a las personas.

Desde 1880 hasta 1976, la Argentina siempre pareció estar a punto de desarrollarse como esa tierra maravillosa con la que tanto los inmigrantes como los políticos criollos imaginaban. Pero con la llegada del último régimen militar esa creencia desapareció y no fue sustituida por un nuevo eje. Esto, según Caparrós, generó la destrucción de la idea de progreso, que era constitutiva de la visión que la Argentina tenía de sí misma. El futuro dejó de pensarse en términos nacionales, para ser concebido sólo desde lo personal. Este esquema se mantuvo hasta el verano pasado, cuando se hizo evidente que el presente actual era tan ruinoso, que sólo podíamos y debíamos pensar en términos de futuro. Es lo que hace Caparrós al dedicarle la mitad del libro para que expertos y no tanto discutan posibles soluciones.

Si el progreso era la base de la civilización: ¿qué quedó de ese proyecto que promovía el Presidente Sarmiento y ponía en acto su emisario, el Coronel Mansilla, al conquistar las tierras de los indígenas para ensanchar el país? Porque a la inversa de lo que sucedía en 1870 cuando el militar escribió su Excursión a los indios ranqueles, los argentinos no parecen querer adentrarse en su territorio, sino por el contrario asentarse en tierras extranjeras. Si Sarmiento afirmaba con convicción que el país debía atender a la población europea que "desborda como el líquido en un vaso", Caparrós se preocupa frente a las estadísticas que indican que el 53,5% de los argentinos quieren irse del país.

Halperín Donghi le explica que este fenómeno es "la confesión del fracaso final de la gran experiencia de ingeniería social que fue la creación de la Argentina moderna como un retoño de Europa en medio del desierto pampeano". La idea de civilización, entonces, parece haber perdido sentido en el contexto de un país donde más de la mitad de la población quiere abandonar su lugar. ¿Para qué civilizar lo que es tierra yerma? Entonces, descubre que el país algo debe tener todavía para que la clase política quiera seguir quedándose, aferrándose a sus puestos. Por eso sugiere que en lugar de sacarle un pasaje de avión a nuestros hijos, logremos que sean "ellos" los que se vayan del país y que "nosotros" seamos la Generación del '80.

- ¿Y la barbarie donde está?

Aunque el título elegido por Sarmiento, Facundo o civilización y barbarie, propone una clara distinción entre los términos, el binomio tal vez más recurrente en la literatura nacional siempre fue un dolor de cabeza para los intelectuales argentinos. El propio Sarmiento que veía con claridad que Quiroga ilustraba a la barbarie, es decir, a lo campestre, a lo colonial, a lo ignorante, a lo corrupto; también se tropieza con que el heredero de Facundo, Rosas, era "hijo de la culta Buenos Aires".

Lo mismo pasa con Mansilla, que cumplía a conciencia su misión conquistando las tierras de los que eran sus legítimos dueños. El militar se preguntaba hasta qué punto era civilizado un pueblo que estaba dispuesto al exterminio de una etnia entera. Las contradicciones que tímidamente aparecían en estos y otro manifiestos sobre los que se asentaba el proyecto nacional, surgen visiblemente en el texto de Caparrós.

¿Qué modelo de "civilización" permitiría que 14 argentinos, de los 21 que nacen en el cuarto de hora (que demanda la lectura de la introducción el libro) tengan problemas alimenticios? ¿Qué sistema inspirado por la idea de "progreso" dejaría que, en ese mismo lapso, 24 personas caigan bajo la línea de la pobreza y otras 12 bajo la línea de la indigencia, sólo en el gran Buenos Aires?

En realidad, el sistema actual es tan perverso como el de ayer. La pregunta no es entonces cuál es el sistema más malévolo, sino por qué ahora la "barbarie" se hace más evidente. Tal vez, antes el exterminio de personas como los indígenas fuera más fácil de asimilar, porque conformaban un "otro" que no era del todo visible, a excepción de esos "molestos" malones que asediaban las estancias.

Hoy, en cambio los 15 millones de personas que corren el riesgo de morir por estar debajo de la línea de la pobreza aparecen en los medios, se movilizan, organizan piquetes, cortan las calles y rutas logrando una enorme visibilidad. Además, la funcionalidad de las muertes responde a lógicas diferentes en cada caso: los indígenas exterminados servían a la construcción de un supuesto "proyecto de país"; hoy en cambio la eficacia de la eliminación actual parece rentable sólo en el marco de un proyecto globalizado donde el poder siempre concentrado en las manos de unos pocos aparece, sin embargo, difuso. Por lo menos, Mansilla se consolaba pensando que, cuando los criollos cambiaran a la diplomacia por las armas, las muertes de los ranqueles no serían en vano: permitirían el desarrollo de la industria y el comercio en esas extensiones que los indígenas no sabían explotar en términos capitalistas. Nosotros difícilmente podamos disculparnos de la misma manera.

- El adiós a "m'hijo el dotor"

El fracaso del proyecto de país que Sarmiento y compañía habían pensando para nosotros, también se hace evidente en la destrucción de la figura de la movilidad social ascendente y la nueva significación que adquiere la escuela. Si la idea de progreso fue vaciada de sentido, fue en gran parte porque las condiciones políticas económicas pulverizaron la creencia de que el trabajo es la base de la fortuna.

Dentro de este esquema, la educación era considerada un instrumento central para adquirir mejores empleos y acceder a una vida más "digna". Recordemos solamente la réplica del jefe ranquel Baigorrita al Coronel Mansilla, respecto a que los "cristianos" no deseaban realmente el desarrollo de los indios porque aunque les habían enseñado "a comer azúcar, a beber vino, a usar bota fuerte", no les habían enseñado "ni a trabajar, ni a conocer a Dios" ni tampoco, podríamos agregar, a leer y a escribir. Baigorrita, entonces, se da cuenta de que los indígenas, por carecer de estas herramientas, no podían tener un futuro dentro del esquema que le ofrecía Mansilla.

Algo parecido ve Caparrós en la Argentina de estos últimos 10 años, donde algunos argentinos, como los ranqueles del texto de Mansilla, se conformaban con esos azúcares que eran los viajes a Miami y a Disney o los electrodomésticos en cuotas. Lástima que, como a las tribus pampeanas, también nos estaban dejando sin proyecto a largo plazo.

Para Sarmiento la funcionalidad de la escuela parecía evidente: era el instrumento del hoy para el mañana. Cuando Caparrós le pregunta a Guillermina Tiramonti al respecto, la situación parece haber cambiado diametralmente: "la escuela ha dejado de ser una institución de promoción social para ser una institución que cristaliza tu lugar social". La directora del FLACSO (Federación Latinoamericana de Ciencias Sociales) cuenta anécdotas de directoras que tienen que ir a sacar a sus alumnos de la cárcel.

Advierte que allí podemos ver cómo la escuela termina por convalidar esa segmentación social que define que los chicos ricos van a escuelas privadas y que sus pares pobres concurren a establecimientos públicos. Estas escuelas cambian el objetivo de la enseñanza, por el de la subsistencia: dejan de ser colegios, para convertirse casi exclusivamente en comedores. El problema es que no nos cuestionamos esta realidad y nos alegramos ingenuamente cuando los diarios nos avisan que las escuelas van a seguir abriendo sus puertas como comedores durante las vacaciones de invierno. Para la investigadora, este no cuestionamiento se traduce en el mantenimiento de este sistema "barbárico".

El hecho de que hoy la movilidad social ascendente esté en decadencia, no quita que ésta siempre haya sido un mito. Durante 150 años perseguimos el ascenso social como la "zanahoria del burro". Hoy, según Caparrós, sólo asistimos al desvanecimiento de esa creencia. Durante ese período el único responsable por fracasar al tratar de progresar, era el sujeto que no podía hacerlo. En cambio, ahora, la descarga de responsabilidades cambió. Caparrós coincide con la opinión de la investigadora del CONICET, Susana Torrado: dejamos de decir "yo no sirvo", para comenzar a afirmar que "el sistema no nos permite hacerlo". Por eso, aunque el adiós a "m'hijo el dotor" implique el desmembramiento de uno de los núcleos de la idea fundacional de país, podría abrir expectativas positivas al mostrar que las limitaciones no partían de las personas sino que respondían al propio sistema que discriminaba parámetros de exclusión e inclusión mucho más restringidos que los que el mito fundacional nos hacía ver.

- A la vanguardia

Se podría ilustrar la idea que Caparrós tiene del momento actual del país con una figura médica: parece como si el 19 y 20 de diciembre la sociedad hubiera decidido abrir la herida infectada para permitir que se termine de curar. Al hacerlo, el país dejó de ser el "modelo que los dueños del mundo presentaban cuando querían alabar las ventajas del Modelo". Con esta afirmación advertimos que Caparrós no escapa a la sentencia de Sarmiento: "los argentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de valor como nación". En definitiva, su análisis es que estamos tan mal que debería ser inevitable plantear un futuro más esperanzador.

Lo mejor es que el fracaso del viejo proyecto de país, no sólo permite pensar un mejor escenario, sino también un horizonte donde la pérdida de poder de los sectores dirigentes es tal que quedan proscriptos para instaurar una creencia que funcione como salida. Como advierte el jurista Eugenio Zaffaroni, este modelo no sólo no funciona sino que tampoco ofrece ninguna salida a la crisis. Y entonces la Argentina vuelve a estar a la vanguardia. O en realidad, está a la vanguardia por primera vez en su historia. Porque cuando Sarmiento y Mansilla predicaban sobre el futuro del territorio nacional, se ubicaban por detrás de los parámetros extranjeros.

Pero, como siempre, reaparecen las paradojas de la maldición de una país que, en el fracaso, siempre parece estar condenado al éxito. Mientras buena parte de la intelectualidad argentina que se expresa en Qué país piensa que los movimientos sociales actuales muestran la predisposición a un futuro mejor y más justo, más de la mitad de la población parece no ver con tanta claridad las buenas expectativas y prefieren volver a las tierras de las que sus abuelos escaparon.

Y sin embargo, para Caparrós y sus voces, la salida sigue siendo la misma: como en los '70 cuando militaba en Montoneros, la solución radica en tomar a la política en nuestras manos. Y, si se quiere, volver a plantear ese mismo clima asambleístico que Mansilla mostraba entre los ranqueles. Lejos de confiar en la burocracia partidista, que todos asumamos la responsabilidad de tomar las decisiones partiendo de un mismo punto de partida: la pregunta "¿qué país?".

Mercedes Agustina Núñez
Ciencias de la Comunicación Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires