Edición Enero 2004

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Colombia

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Cultura
Parafraseando las mitologías de Roland Barthes - 03/07/2003


Parafraseando las mitologías de Roland Barthes


Por Jorge Alexander González Morales FSC
Pontificia Universidad Javeriana
Facultad de Comunicación y Lenguaje
Bogotá – Colombia
Teléfono 571 2332257

La sociedad, el ser hombres y mujeres en relación entre sí y con los elementos de la naturaleza, conforma una realidad compleja y en la cual cada persona, cada lugar, cada objeto emite de sí un significado que hace que más allá de su materia o de su conformación física exprese muchas más cosas. De ahí que si quisiéramos encontrar una definición alternativa de lo que es el mundo, podríamos decir que se trata de la unión, relación, aparición-desaparición de los mitos que nos rodean, es decir, de todo el mundo que es y que significa en diferentes niveles.

Iniciando la década de los ochenta Roland Barthes vio el mundo con unos ojos nuevos, observó la realidad y más allá… y escribió su famosa obra Mitologías. En ella hace de elementos cotidianos verdaderas piezas significativas y significantes que aportaron valiosos conceptos a diferentes disciplinas tan diversas como la semiótica, la antropología y hasta la misma filosofía. Ahora, cuatro lustros delante de Barthes, leemos sus mitos y con ellos conectamos la realidad, la observamos y surgen nuevas reflexiones e ideas acerca de lo que es el mundo y lo que nos dice.

Entre los elementos que encontramos en Mitologías hay uno particularmente interesante y significante para todos los niños: el juguete. Elemento infaltable en la niñez de la mayoría de personas. Y es que el juguete no tiene clase social, claro está que podríamos hablar de juguetes caros y juguetes baratos, pero aquí nos referimos al juguete como concepto que se materializa, por ejemplo en una lata atada por una cuerda y que expresa el camión de bomberos para el niño del barrio subnormal que alguna vez lo vio mientras atendía una inundación, o del juguete llegado del exterior y que se convierte en lavadero de carros y al mismo tiempo en pista de competencias. Los dos son juguetes, los dos divierten, los dos acompañan, lo único que los diferencia es el precio. Barthes dice: “el juguete quiere ser una imitación de la realidad” y efectivamente el juguete es la conexión directa con aquellas cosas inalcanzables para el niño: el carro de carreras, la última moda en ropa, la última tecnología etc, pero esa relación ahora se ha hecho más compleja, pues los juguetes se han complejizado, ya no podemos quedarnos en el juguete pasivo, en el juguete caballito de palo, o automóvil de halar; en la actualidad nos enfrentamos a juegos tan diversos y novedosos como los video juegos y los que usan la realidad virtual, estos últimos en pleno desarrollo.

El niño ahora no usa el juguete como imitación de la realidad, sino que construye realidad a partir de escenarios novedosos y desconocidos que los productores colocan delante de él. El niño construye historias en el futuro, en otros planetas, con otros seres, etc. El juguete se convirtió en una ventana no sólo al pasado, no sólo a la realidad, sino al poder ser del mundo y de la sociedad. El juguete es para el niño una forma de encontrar en la pantalla de un computador u otro dispositivo la forma de “crear” realidad dentro de unos límites impuestos por la mente de aquellos que diseñaron el juego. En conclusión, el juguete sigue estando presente, el juguete está entre nosotros y nunca nos abandonará, a menos que, en nuestro código genético se borre nuestra esencia de Homo Ludens.

Siguiendo por el viaje emprendido por Barthes hacía el interior de los mitos de la sociedad nos encontramos con uno que tiene que ver con la forma como los hombres descubrimos que el tiempo se puede detener eternamente: la fotografía. Para unos más, para otros menos, las fotografías se convierten en el vehículo privilegiado mediante el cual la vida se conserva en la memoria y con ella se reviven sentimientos, se asegura la presencia en la ausencia de los seres queridos y en fin, se detiene el tiempo. Pero es aquí donde Barthes reflexiona sobre el impacto causado por las fotografías. Y que en últimas es el problema central de todo objeto de significación: lo que expresa y la forma como lo hace. La fotografía puede ser impactante en la medida que yo como observador tenga un margen de interpretación, una buena imagen de una tragedia puede quedar vacía si expresa totalmente lo que pasó y cómo pasó, el impacto lo recibió quien tomó la imagen, de hecho la opción por tomarla fue desencadenada por ese sentimiento surgido en ese preciso momento y no en otro que es en el cual se encuentra el espectador de las imágenes.

Ahora bien, con el paso de los años, con la proliferación de nuevas tecnologías cómo pensar en impactos cuando nuestra realidad es ahora en vivo y en directo en tiempo real. Los acontecimientos del 11 de septiembre fueron, gracias a los medios, la mejor forma de entender que la vida actual es una vida en directo. Independientemente de nuestra opción ideológica frente a Estados Unidos o frente al Islam, observamos cómo el odio, la represión y todos los sentimientos reflejados en la caída de las torres nos enfrentaban ante la realidad de una civilización que puede acabarse a sí misma, sin ir muy lejos en el tiempo, podemos citar los bombardeos “aliados” (¿alianza entre petróleo y dólares…?) que destruían el sitio donde surgió nuestra civilización: la media luna fértil. Esos impactos, más que foto-impactos fueron impactos a la humanidad, nadie medió entre la acción y los sentimientos, pues lo que nos mostraron las cámaras era lo que estaba pasando y de esa forma el impacto es directo. Claro está que lo que observamos es lo que los medios quieren que veamos, pero en general, eso es lo que pasa y como lo vemos, es como lo sentimos. La vida ya no es una vida expresada en fotografías, aunque ellas nunca desaparecerán, la vida ahora es una vida en directo.

Este mundo avanza muy rápido -decimos frecuentemente- se inventan miles de cosas cada día, y cada día nuestra vida se llena de nuevas formas, que van modulando, que van configurando la percepción del mundo que tenemos y que en últimas son las que indican y alimentan nuestra maneras de pensar, sentir y actuar. Barthes, ve en el “nuevo citroën” una similitud con las antiguas catedrales. Me pongo a pensar qué diría nuestro actor si pudiera observar la gama de posibilidades que el mundo ofrece y que ya hacen parte de la cotidianidad de buena parte de la sociedad. El “nuevo citroën” es para Barthes una vuelta a la espiritualidad en medio de la agresividad técnica.

No será que la tecnología es una religión que puede o busca unirnos. La Internet ha cambiado las formas de relacionarnos y de ser en el mundo, los medios han cambiado, las formas de comunicarse se han diversificado, Barthes nunca escuchó ni escribió sobre el chat, sobre el correo electrónico, sobre la radio-Internet… mucho tendría que escribir sobre estos nuevos mitos… Sobre esta nueva espiritualidad que se convierte en novedad, que es observada con sospecha por muchos y que es aprovechada por otros para hacerse un puesto en este nuevo mundo de la competencia. La red se presta para todo, la red es el espacio de la casi total libertad, la red es el lugar, la nueva “ágora” donde se comparte la cultura, donde se vende, se compra, se denuncia, y donde la ley parece ser tan abierta que su existencia se puede negar.

La red es el “nuevo citroën” de máxima velocidad, es la forma como las distancias se reducen a un “clic”, donde la geografía no tiene límites y donde la cultura se vuelve un espacio virtual de construcción colectiva.

Si a Barthes lo asombró el “nuevo citroën” cuál sería su asombro si conociera los nuevos adelantos tecnológicos y técnicos de los nuevos materiales y las nuevas posibilidades. En Mitologías hace un análisis profundo de los alcances, posibilidades y realidades de un material que poco a poco se iba tomando el mundo de los inventos y de la cultura: el plástico. Un material maleable, lleno de oportunidades y que bien se puede aplicar a todas las posibilidades que la imaginación del hombre pueda crear, a tal punto que rompieron el paradigma de los conductores y convirtieron el plástico en un superconductor: la fibra óptica. En la actualidad, los materiales no han cambiado, sin embargo, la tecnología, las microtecnologías se han convertido en el nuevo “plástico”, esta nueva realidad de la tecnificación no tiene límites sino los que colocan las limitaciones del cerebro humano, las cuales, sabemos, son infinitas. A pesar de esto, esta nueva capacidad de transformar está en manos de unos pocos, los “materiales” del futuro solo pueden ser pensados por unas élites que los producen, los comercializan y los convierten en parte de la vida social del ser humano. Los otros, los que no acceden a estos nuevos materiales, simplemente esperan y usan o se benefician de estas nuevas tecnologías y si es el caso de poder disfrutarlas, éstas se convertirán en un elemento más que fortalecerá la creciente brecha entre el mundo de las posibilidades y el mundo de la exclusión.

La Gran familia de los hombres es el mito que servirá de conclusión a este parafraseo de Barthes, en él se refleja la doble vía que puede adquirir el mito de la comunidad humana: las diferencias expresadas tanto en la forma de nuestro cuerpo, como en la capacidad de entender y desarrollar la cultura, pero por otro lado la total igualdad que nos da el pertenecer a la misma raza y desarrollar nuestra vida de una manera similar flanqueando las diferencias culturales.

En la actualidad hablar de comunidad humana es una utopía. Nos une a unos y otros que moderadamente nos parecemos físicamente, sin embargo, las desigualdades económicas y sociales son las más grandes de toda la historia de la humanidad. El sistema económico mundial está haciendo que los países productores de primer nivel de desarrollen a costa de los países productores de materia prima barata y accesible, con este panorama y otros más, ¿podríamos hablar de la familia humana? familia cuando la solidaridad es una nueva forma de violencia, esto por todos los “compromisos” adquiridos una vez se recibe la ayuda de los países colaboradores y que se convierte en una nueva forma de colonizar con tratados bilaterales. El mundo efectivamente es una familia, una familia llena de desigualdades y una familia que puede reflejar claramente la crisis que vive actualmente el núcleo de la sociedad: división.

Jorge Alexander González Morales
Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Comunicación y Lenguaje